Hola, como estas? volvemos a abrir Sonoteca, hoy para un género que nace de las entrañas del país, el Cuarteto. Argentino como el dulce de leche, áspero como el Diego, sutil como gambetear en el potrero.
Como siempre, te dejo una playlist con 20 éxitos para que puedas escuchar mientras leés la nota.
Así tocaba Leonor, ritmo de Cuartetazo
Don Augusto Marzano, obrero del ferrocarril, formaba parte de una orquesta de la zona tocando armónica y contrabajo. El grupo se dedicaba a interpretar cumbia, polca, rumba, pasodoble, ranchera y chamamé. Al ser una formación numerosa, también solían abordar tango y milonga.
Una noche, Augusto conoce al acordeonista Miguel Gelfo y le propone formar un cuarteto con su hija como pianista. Así nace el Cuarteto Característico Leo, considerado el punto de partida del género.
El conjunto estaba formado por cuatro músicos y cuatro instrumentos, y en muchos bailes solía haber un quinto integrante que actuaba como anunciante. Pero lo que realmente marcó la diferencia fue el ritmo que terminaría definiendo al género: el tunga tunga.

Ese pulso característico no era otra cosa que una adaptación y deformación de ritmos europeos, especialmente la tarantela italiana y el pasodoble español. Con esa mezcla particular, el Cuarteto Característico Leo comenzó rápidamente a llamar la atención en cada lugar donde tocaba.
El 4 de junio de 1943 se presentaron por primera vez en un programa radial nocturno de LV3. La respuesta del público fue inmediata: los teléfonos de la radio explotaron con llamados desde distintos puntos de la provincia.
Entre esos mensajes llegó una invitación que terminaría siendo histórica: tocar en las fiestas patronales de Colonia Las Pichanas, donde se realizó el primer gran baile de cuarteto.
Qué me importa que me digan que soy un marginal.
El cuarteto fue apropiado por los sectores populares como un canal auténtico de expresión. En clubes de barrio y salones sociales, el género comenzó a expandirse impulsado por el pulso del piano, el acordeón, el violín y el contrabajo.
Con el tiempo, los bailes de cuarteto se transformaron en el punto de encuentro de miles de personas que encontraban en esa música una forma de alegría, resistencia y comunidad.
Durante las décadas del cincuenta y del sesenta, el género terminó de consolidarse como una expresión profundamente cordobesa. La aparición de nuevas agrupaciones como Cuarteto Berna y Cuarteto de Oro abrió una etapa de mayor profesionalización.
Ese proceso alcanzaría su punto más alto con la irrupción de La Mona Jiménez en los años setenta. Dueño de un carisma desbordante y de una conexión única con el público, La Mona no solo se convirtió en ídolo popular. También terminó de transformar al cuarteto en una verdadera bandera cultural.
Los noventa: la explosión del cuarteto.
Durante los años noventa, el cuarteto vivió su expansión más grande. Lo que durante décadas había sido un fenómeno profundamente cordobés comenzó a cruzar fronteras provinciales y a instalarse en radios, televisores y bailantas de todo el país.
En el centro de esa explosión apareció la figura de RodrigoBueno. Con una energía arrolladora, una presencia escénica magnética y un estilo que mezclaba tradición con una actitud más cercana al rock, Rodrigo llevó al cuarteto a lugares donde nunca había llegado.
Sus shows multitudinarios, la rotación constante en radio y televisión y una conexión visceral con el público terminaron de empujar al género hacia el centro de la cultura popular argentina. El cuarteto ya no era solo la banda sonora de los bailes cordobeses. Se había convertido en un fenómeno nacional.
Auge total
Tras la explosión de los noventa, el cuarteto siguió produciendo nuevas figuras que mantuvieron viva la energía del género. Entre ellas apareció con fuerza Walter Olmos, un cantante joven que rápidamente se ganó el cariño del público gracias a su estilo directo y su cercanía con los barrios.
Durante esos años también siguieron creciendo artistas y bandas que ampliaron el mapa del cuarteto. Nombres como Jean Carlos, Sebastián Mendoza, Damián Córdoba y La Barra mantuvieron vivo el circuito de bailes y consolidaron una escena que ya tenía identidad propia dentro de la música popular argentina. Incluso bandas provenientes de otros ámbitos, como Kapanga, incorporaron el pulso festivo del cuarteto dentro de su propio sonido, reflejando hasta qué punto el género había logrado filtrarse en la cultura popular de la época.

2000: el golpe.
El cambio de siglo llegó con un golpe que nadie esperaba. En el año 2000 moría Rodrigo Bueno, en la cima absoluta de su carrera. El cuarteto acababa de conquistar el país entero y, de repente, su figura más grande desaparecía de un día para el otro.
La conmoción fue enorme. No solo para el público, también para un género que venía de vivir su momento más explosivo. El Potro había llevado el tunga-tunga a cada rincón de Argentina, y su ausencia dejó un vacío difícil de llenar.
Pocos años después, otra historia marcaría al cuarteto con un tono más oscuro. La muerte de Walter Olmos, todavía muy joven y en pleno ascenso, volvió a golpear a una escena que parecía acostumbrada a vivir todo al límite.
El cuarteto sigue
Pero si algo tiene este género es una resistencia casi natural. Mientras La Mona Jiménez seguía siendo el faro del movimiento, nuevas figuras comenzaron a ocupar el escenario.

Entre ellas apareció con fuerza Ulises Bueno, que con el tiempo logró construir su propio lugar dentro del género.
Con los años también llegaron nuevas formas de sonar y circular. El cuarteto empezó a convivir con internet, los videoclips y las plataformas, y una generación más joven comenzó a mezclar su pulso clásico con otros estilos. Artistas como Luck Ra muestran cómo el género sigue mutando sin perder el corazón del tunga-tunga.
Porque al final, más allá de las modas o de las épocas, el cuarteto sigue siendo lo mismo que fue desde el principio, música para juntarse, bailar y cantar a los gritos.


